
Cuando Zoila, la dueña, sale a la feria, Cecilia casi no lo piensa. En el comedor huele a cera. “Solo miro una cosa, y la dejo donde estaba”, se dice.
Va al librero. Agarra el libro y enciende la lámpara. Otra mujer la ve.
“¿Busca algo, señorita?”, pregunta abajo, y lo cuenta. “Ya lo sabe la casa entera”, le avisan antes de la cena. Zoila no la echa.