
Por la mañana Amparo entra a la cocina vieja de Yolanda, con dos muchachas sentadas. “Enséñeme a hacer el café”, le pide a Yolanda, y reconoce que le cuesta. “Ese no, el de tela”, dice Yolanda, y le presta un filtro sin ponérselo fácil.
“Muy apurada”, dice. “Échelo más lento y mezcle.” Lo enjuaga y lo hace mal tres veces.
A la cuarta sale justo y lo aprende. “Queda tibio, pero está listo. Así lo tomamos aquí”, dice. Una gota cae sobre la mesa llena.