
Renata, la mujer que atendía la barra de una cantina de Guadalajara, México, presumía de una sola cosa: nadie la había hecho callar en su negocio. Contestaba sin despeinarse. El local olía a birria desde temprano.
Joaquín, un cliente de tejuino y pocas palabras, levantó su caballito. “¿Me aguanta un albur, patrona, o nomás la fama?”, preguntó. “Los aguanto de dos en dos”, contestó Renata, “y el que pierda paga la ronda.”
“Va que va”, dijo él. “Empiece usted, que la ingeniosa aquí es otra.”