
Valentina llega al amanecer con el hombro vendado, convencida de que todavía podría cumplir lo prometido. Las cuatro hileras ya están podadas y los sarmientos, amontonados en el surco. Damián toma mate, como si la hubiera estado esperando.
“¿Quién las hizo?”, pregunta ella.
“Contraté dos changarines”, contesta él, “porque el riego no espera y la helada tampoco.”