
Leonardo cuida tres perros en un zaguán, junto a un plato de agua. Daniela, una repartidora de Colima, llega con dos cartones de huevo. Los perros salen al camino y no la dejan pasar.
“¿Me los detiene un momento, por favor?”, pide Daniela. Leonardo no grita y no se mueve. “Bájate despacio, ellos nada más ladran, no muerden”, contesta él.
Daniela baja un pie y el perro grande se acerca. Ella camina para atrás y pisa un charco. Un cartón se le resbala y seis huevos se rompen.
“Esos seis van de mi cuenta, yo los pago”, dice Daniela, seca. Leonardo mira el charco amarillo y no contesta. “Mañana tú sola abres la reja, nada más”, ofrece él.
Leonardo chifla una vez, corto. Los tres perros se sientan en el polvo, con la cola quieta. “¿Y eso cómo se hace?”, pregunta ella, pero él ya está adentro.