
Su correo del jueves convoca una reunión y no dice para qué. Son cuatro líneas, sin orden del día y sin una hora exacta. Ella lo lee dos veces.
“Aquí eso no se hace nunca”, comenta Rosa. “Y cuando no va el orden, es que alguien prefiere decirlo en persona”, responde. Celia no contesta.
El aviso llega tardío. Nadie dice nada, y ese silencio pesa más que el correo. Desde su punto de vista, la esperanza y el miedo caben en la misma frase.