
Cuando el vecino firma, firma por menos de lo que Ximena tasó. La marea está baja y el bote de Óscar queda de lado sobre el barro del corral.
Huele a algas desde la orilla. “Usted puso más de lo que él pagó”, insiste ella.
“Y él puso menos, y así queda”, contesta el vecino, tranquilo.
En la isla ese bote pesa más que un papel.
“¿Y usted se queda conforme con eso?”
“Me quedo con el bote”, responde él. “Si me peleo con él, mañana no llevo nada a vender.”
Ella entiende la cuenta, porque nadie aquí gana un juicio y sigue teniendo vecinos.
Nadie hizo nada contra la ley, y el papel vale la mitad de lo que escribió.
“Firmo yo también, pero abajo pongo lo que valían”, dice Ximena.
Dobla el papel por la mitad que falta y se lo guarda en el bolsillo.
“Nos vemos en la marea baja”, dice el vecino, y ella parte por el camino de pellín sin ponerse el cinturón.
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