
Luis, el que toca la gaita en el soportal, deja el estuche abierto. Una mujer echa una moneda.
El estuche tiene un agujero en el forro y un cordĂłn suelto.
La calderilla se cuela y rueda por el suelo liso hasta la rejilla.
Iria recoge las monedas una a una. Son treinta y nueve.
âAquĂ hay algo tuyoâ, dice Iria.
âGuĂĄrdalas tĂșâ, contesta Luis. âYo toco mañana otra vez.â
âUna moneda no lleva nombreâ, explica Iria. âNo se puede apuntar.â
âPues no la apuntesâ, responde Luis. âQuĂ©date cinco.â
âNo es mĂoâ, dice Iria.
âAlguien tiene que ponerle precioâ, añade Luis. âEsto no es el mostrador.â
âPara mĂ es el mostradorâ, contesta Iria.
Lo dice con las dos manos llenas de calderilla, y pesan.
Iria echa las treinta y nueve en el estuche, hasta la Ășltima.
Luis ata el estuche y toca. El aire sale del fuelle y el eco suena en la calle.