
A las ocho de un jueves el bar de la plaza huele a aceite caliente. Irene entra sola, se pone en la barra y deja las llaves al lado del vaso. Quique le pone una caña sin preguntar, porque ya la conoce.
Con la caña llega un plato pequeño con dos trozos de tortilla y una servilleta de papel. Irene lo mira y luego mira a los lados, porque ella no ha pedido nada de comer. “Perdona, esto no es mío”, dice, y lo empuja un poco.
“Sí que es tuyo”, contesta Quique sin mirarla. “Aquí la caña siempre viene con algo, y no lo has pedido porque eso aquí no hace falta pedirlo”. Irene se queda con el plato delante y se pone colorada.