
Un martes de septiembre la terraza del bar está vacía. Quique saca dos butacas a la puerta y Rocío se sienta en una. Irene llega por la calle con una libreta y una novela sin abrir.
“Siéntate conmigo, que hoy no hay nada que hacer y mañana tampoco”, dice Quique. Rocío bosteza callada sobre el cojín y mece la butaca con el talón. Pasan veinte minutos sin que nadie hable e Irene se siente aburrida.
“¿Y vosotros qué hacéis aquí toda la tarde, si no viene nadie?”, pregunta al fin. “Esto que ves, y a veces ni eso”, contesta Rocío con una mueca, y tararea algo muy bajo. “La tarde no se llena nunca; por ahora se aguanta sentada y se acaba sola”, dice…