
El anda se levanta en la plaza a las seis, y a esa hora sale su camión. Nicanor lo supo el lunes y no lo dijo.
Huele a cera caliente en el taller.
Delia pasa el hilo por ella antes de coser el manto.
“¿A qué hora llega usted?”, pregunta ella.
“Temprano, antes de que se junten los cargadores”, contesta Nicanor a la madera, no a ella.
Le da vergüenza, porque ya sabe que no llega y lo disimula, y le contesta a la madera en vez de a la cara.
“Los cargadores se juntan a las cinco y media”, le señala Delia.
“No voy a llegar tarde, se lo prometo”, dice él.
“Ojalá”, contesta Delia. “Si no llegara, yo no diría nada, pero el hombro suyo se nota vacío desde la plaza.”
El jueves sube al camión con el pedido. La entrega llega fuera de hora igual, y le pagan la mitad porque el retablo no estuvo a tiempo.
“Está bien”, dice Nicanor, y no discute el precio.
El billete es la mitad de lo que costó faltar, y Nicanor lo sabe sin contarlo.
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