
A las ocho, Lorena ya estaba en el depósito. Olía a gasolina y a café frío, y Rubén venía detrás, medio dormido.
La sala estaba llena. Detrás de la ventanilla estaba Olga otra vez. “¿El coche de la autoescuela? Siéntate, esto va lento”, murmuró. “Lo sabe todo el barrio”, contestó Rubén con un bostezo.
“Está a nombre de la autoescuela. Necesito la firma de tu jefa”, explicó Olga.