
Marisol Cortés, una maestra, vuelve a Rosario, en Argentina, después de once años, con una noche entera por delante. La vereda está oscura y una fila de árboles la vuelve estrecha. Adentro, Leandro, el dueño, limpia el mostrador sin levantar la cabeza.
“Once años”, dice Leandro sin saludarla. “Once, y venís justo el martes que cierro temprano y no queda nadie.” Marisol deja las valijas y se queda quieta.
“Vine a explicarte por qué me fui, y no vine por otra cosa”, responde ella. Leandro la escucha, pero sigue con lo suyo. “Comé algo primero, que el viaje fue largo”, insiste él, y le acerca un plato.