
En la avenida, frente a la cartelera del cine, hay gente esperando, y entre ella Pablo. Nadia, una reciĂ©n llegada que todavĂa no entiende nada, mira la vitrina del bar. El vidrio sucio no deja ver el interior.
“¿Este colectivo va al centro?”, pregunta Nadia. “Ese bondi va, sĂ, pero el otro no”, contesta alguien de la fila. Nadia intenta decir bondi y no le sale.
Pablo se acerca con la campera abierta y las zapatillas mojadas. Alrededor la gente sube y baja sin mirar a nadie. “Colectivo y bondi son la misma cosa; acá se dice de las dos maneras”, le explica él.
“¿Y la pileta del club es piscina?”, pregunta Nadia. “Piscina se entiende, pero acá nadie la llama asĂ”, contesta Pablo. “AnĂłtalo donde puedas”, insiste, y Nadia saca un lápiz y lo mete en la manga.
Fuera de la parada, Lucas no tarda en llegar con dos churros. La nevera del bar está vacĂa y hace calor. Nadia suelta el pasaporte y se sienta en una silla; le duelen los pies de esperar.
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