
Un martes cayeron tres matrículas desde Montreal, con la misma frase en la ficha de inscripción: me lo recomendó una amiga que se sabe los cuentos de memoria.
Recién entonces Ariel despegó el sobre pendiente y leyó moviendo los labios. Después cruzó el pasillo en silencio y se paró en la puerta de Griselda.
“Escuchá esto”, dijo, y leyó: “El curso me salvó. Cuando me trabo, cierro los ojos y me acuerdo de los cuentos.”