
Quien apoya la mano en el brazo de Irene es siempre RocĂo, a mitad de frase. Irene lo tiene guardado como un aviso de cariño. Hoy, en la cola del mercado, siente otra vez ese tacto tibio.
âDe momento pienso alquilar el piso de abajo para el invierno, si me lo dejanâ, dice. âMira quĂ© uñas llevo, de tanta agua frĂa y tanto trapoâ, contesta RocĂo, y cambia de conversaciĂłn. Irene sigue hablando y el tacto vuelve, esta vez con una sacudida corta.
En casa dibuja el esquema en una carpeta, con dos siluetas y una lĂnea. No es lo que ella creĂa; es un sĂmbolo, y lleva semanas trazando lo mismo. La mano cae justo antes de cada frase sobre el piso.
âRocĂo, en serio, Âżpor quĂ© me tocas el brazo cuando hablo del piso?â, pregunta al bajar. La vecina se queda con la boca redonda y tarda en contestar. âPorque hay otra que lo quiere, y no es ajena a esta escaleraâ, dice, sin dar el detalle.
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