
Nunca había dicho en alto que quiere quedarse con el piso. Rocío friega preocupada, con la escoba apoyada y un aire helado detrás. Irene llega sin frase preparada, sin valor de reserva y con el deseo suelto.
“Quiero comprarlo yo, y lo quiero decir hoy, delante de ti”, dice, y la emoción sale entera. Rocío deja el trapo, se seca las manos y se apoya en el aparador, amable. “Ya lo sabía, hija; llevo dos meses esperando a que lo dijeras tú, de verdad”.
Lo que la asustaba no era el idioma, sino la amistad de después. Era el sentimiento de soltar algo; una frase dicha en alto ya no se guarda. “Yo creía que era mi español, y era yo”, dice, con una…