
Tres días después, Rubén y Lorena tenían el local seco, pero el móvil de Lorena seguía en silencio. Raúl no llamaba.
Por la tarde, Lorena fue a la biblioteca de la universidad con un libro de poesía. Raúl estaba detrás del mostrador. Tenía los ojos tristes, pero sonrió al verla.
“Te debo una cena y media conversación”, dijo Lorena. “No me debes nada”, contestó Raúl con voz suave. “Me gustas mucho, Lorena. Pero ahora tu vida es La Rana, y yo no quiero ser el novio que espera en un restaurante vacío.”