
Ese jueves Rocío baja al bar con una carpeta de cartón y la abre delante. En la portada hay un clip, una mancha de tierra y una fecha ya vieja. Irene reconoce el papel de las grapas y se le cierra el estómago.
“Mi hermano quería el local para guardar cosas en verano”, dice Rocío. “Le costaba menos que alquilar abajo y le salía casi un sueldo al año”. Quique sirve dos cafés caros que huelen a quemado y se queda al lado.
“Y esto es lo que sacaba; ni para pagar la junta del año, mira”, añade. Le enseña una suma a mano y un papel del cajero con dos billetes doblados. Irene lee los números y no sabe qué cara poner.