
La mano de Irene se adelanta a la palabra por primera vez. Marta cruza la farmacia cargando un cajón cuadrado y no ve el bordillo. Ella junta dos dedos, se los apoya en el hombro y aparta la mano; el toque es delicado.
Marta se para en seco, voltea la cabeza y le entrega el cajón sin preguntar. “Gracias, mujer, que lo llevo encima desde ayer y ya ando torcida”, dice. “Ponlo en el tablón de arriba de la estantería, hombre, que ahí no estorba a nadie”.
Irene lo sube, siente una vibración larga en los brazos y una punta puntiaguda se le clava en la barriga. Lo acomoda en el estante, ajusta el borde contra la pared y espera.