
Es martes por la mañana en La Candelaria. Las calles de Bogotá huelen a pan fresco y a humo de carro. Marta camina rápido hacia un café pequeño en la esquina. Dentro hay tres mesas, una barra de madera vieja y un olor fuerte a café molido. Don Carlos, el barista de unos cincuenta y cinco años, prepara café detrás de la máquina. Levanta la mirada cuando Marta abre la puerta.
Marta entra y mira el reloj de la pared.
Marta: Buenos días, ¿me da un café normal, por favor? Carlos: ¿Café normal? Aquí en Colombia decimos tinto, señora.