
El escenario de los grupos del barrio estaba junto al río, lejos de la Plaza Mayor. Silvia era una técnica de sonido del ayuntamiento, con una camiseta negra y un micrófono en la mano. Lorena y Rubén llegaron temprano con el carrito.
Enchufaron los cables en silencio. Desde allí se veían las luces brillantes de la Plaza Mayor y la música de las casetas.
De pronto, el cielo se puso negro. “Viene una tormenta”, avisó Silvia, mirando las nubes. “Lo siento. La prueba de sonido tiene que esperar, y vuestra hora también. Tocáis los últimos, a las once.”