
El bar cierra a las siete y en la panadería de enfrente ya solo queda Rosa, la panadera. Quique regenta el bar y hoy le llena el cesto a Irene. Dentro hay un tarro de miel, dos limones y queso envuelto en papel grueso.
“Llévatelo, guapa, que a mí me queda de sobra”, dice, y le acerca el cesto. “Y pásate por la panadería sin falta, que Rosa te guarda algo”. Irene sube la cuesta, que huele a pan, con el saco pesado y la muñeca tensa.
Le llena la bandeja con frascos y una lata, ya a oscuras. No le cobra nada y se despiden dando las gracias. “Que te vaya muy bien, y no te olvides de esta calle nunca”, dice Rosa, y le aprieta el hombro.