
A media subida, el ascensor dio un salto, crujió y se quedó quieto: Marcela adentro, Ignacio en la caseta. “No te muevas, que el freno agarró”, pidió Ignacio. “Te bajo a manivela. Un ratito no más.” “¿Cuánto sería un ratito?”, preguntó Marcela, sujeta del pasamanos.
La manivela rechinaba, el carro bajó de a poco, y todo sonaba a fierro viejo. Salió con piernas temblonas y el corazón al trote.
En la caseta, el engranaje estaba a punto de ceder. En el cajón, tres cartas selladas pedían el repuesto. “¿Y por qué no dijiste nada?”, preguntó ella. “Sí dije. Tres veces, por escrito”, contestó Ignacio. “Lo que no hice fue cerrar: medio cerro sube su…