
Una mañana de lunes Celia baja con el favor preparado. Huele a lejía, y Emilio friega el portal con la cara de otro día.
“Hoy no está el horno para bollos, Celia, ya te lo digo yo”, suelta Emilio sin levantar la vista. “El del tercero ha vuelto a dejar la basura fuera”, sigue. “Yo que tú, hoy no le pediría nada a nadie, mejor mañana”, remata.
“¿Qué horno, el de la panadería?”, pregunta Celia, y busca uno con la mirada, porque en su cabeza las palabras van una a una. No hay horno, ni bollos, ni nada que se le acerque.