
Cuando amanece nublado, el puerto de Santa Rosa, en Perú, ya tiene gente. Percy lleva carga río arriba y mira su permiso, con la canoa todavía amarrada. Karina, la oficial de frontera, mira lo que preparó y se apoya en el mostrador.
No se apura. “La fecha está mal escrita”, dice, firme. “Yo no la puse, y tampoco la puedo borrar.”
“El jueves se me va el comprador”, se explica Percy. “Después ya no hay carga.” Karina lo escucha entero y no cambia nada. “No depende de mí”, repite, y se acuerda de decirlo despacio.