
Al tercer almuerzo ya nadie llevaba muestrario: Maricarmen y Aurelio firmaban. El mozo trajo el chaufa caliente sin que nadie lo pidiera.
“Le firmo seiscientos buzos al año”, dijo Aurelio, “con el precio del primer pedido.” “Ese precio fue de estreno”, contestó Maricarmen. “Para seiscientos, redondeamos para arriba.” Regatearon sin decir la palabra regatear. Él elogiaba, ella agradecía el halago y no soltaba un centavo; él se hacía de rogar.
Un toma y daca tan educado que parecía sobremesa. “Quedamos así, pues: usted me cuida las fechas y yo le cuido el precio”, propuso ella. Acordaron la cifra a medias y la sacaron en limpio en una…