
Sábado, once de la mañana. La tienda de deportes tiene la cortina abajo y un letrero pegado con cinta. Valeria toca en casa de Karla con las vendas viejas. Están duras y grises, como una cuerda vieja.
“Necesito vendas para hoy,” dice Valeria. “Cualquier cosa sirve.”
Karla abre su caja del hospital, arriba de la lavadora. “Solo tengo de estas,” dice. “Blancas, de algodón, con una raya azul.”
“Son de enfermería,” dice Karla. “Se nota mucho.” “Se nota,” dice Valeria. “Pero el sábado no espera.” Se venda las manos ahí mismo, en la puerta, con cuidado.
Esa noche, Valeria sale al ring con las manos blancas y la raya azul a la vista. El público se queda callado un momento largo.
Después, alguien grita desde arriba: “¡Es la enfermera! ¡Que la operen!” El apodo le queda. Ahora Valeria pide las vendas por caja, y con raya.