
La librería de segunda mano de la cuesta tenía olor a papel dormido. Claudia era una clienta sin encargo. Martina era la librera y saludó desde la escalera. “¿Busca algo de trabajo o algo de vivir?”, preguntó desde arriba.
“De vivir, si es que le queda algo por ahí”, contestó Claudia. Paseó la mirada por los lomos.
Una caja la frenó. Los libros llevaban un exlibris redondo en la guarda: el escudo de la peña. Lo reconoció como se reconoce una cara.