
Han pasado tres semanas y nadie le ha explicado el horario del pueblo. Irene ya no mira el reloj: sale de casa cuando oye las sillas del bar de enfrente. Compra cuando ve las cajas en la acera y sube cuando el sol deja la fachada.
Un martes se cruza con RocĂo en la escalera y las dos suben con las bolsas. âOye, tĂș ya te has hecho al puebloâ, le dice RocĂo, sin darle importancia. âAntes bajabas a unas horas rarĂsimas, hijaâ.
âEs que nadie me ha dicho nunca a quĂ© hora se hace nadaâ, contesta Irene riĂ©ndose. âYa, es que eso no se dice, eso se veâ, responde RocĂo, y sigue subiendo. Las dos se paran en el descansillo a coger aire.