
El garaje de Rubén, en el Barrio del Oeste, olía a gasolina y a café. Dentro esperaban la batería y dos altavoces enormes.
Lorena llegó tarde, con la guitarra. “Perdona. Tenía clase hasta las siete. ¿Estás preparado?”, preguntó. “Desde 2012”, contestó Rubén.
Enchufaron los cables y empezaron. Rubén iba lento y Lorena se equivocó dos veces. Solo hablaban de cables y de ritmo. “Más rápido, Rubén”, pidió ella.