
Ya hay penumbra en la escalera a las siete y el domingo se hace largo. Rocío sube perezosa, con pantuflas y muy poco sueño encima. Irene le abre sin preguntar nada, le acerca la butaca y coloca una sábana detrás.
“Hoy no tengo conversación ninguna, y tampoco ganas de que me la den”, dice Rocío. “No pasa nada, descansa un rato y ya hablamos mañana”, contesta Irene, y le echa una colcha por encima. Antes, la primera vez, habría llenado ese silencio con tres preguntas.
Ahora solo aguarda con calma, sin buscar temas. Rocío se queda dormida media hora con la almohada bajo la mejilla. Fuera, un ladrido corto cruza el patio y una rama golpea la…