
A media mañana la fila da la vuelta a la esquina, y Rocío no entiende de dónde salió. El letrero se ve desde el cafetal de enfrente.
El precio volvió a ser el de antes, y el olor dulce del trapiche baja con el aire frío. Esteban espera su turno con la mazamorra.
“Bajé el precio y dejé el letrero”, le cuenta ella.