
Desde el lunes, el taller de Maricarmen tenía un solo encargo: trescientos buzos con el logo de Aurelio, para el viernes. Eso no se cosía ni de corrido.
“¿Me lo tiene al toque, señora? La campaña no espera”, apuró Aurelio por teléfono. “Lo conversamos”, contestó Maricarmen, estrenando la palabra, “si me adelanta la mitad.”
“Adelantado y con yapa”, se rio él. “Usted no me falle el viernes.” “Yo no fallo”, cortó ella. Su casera de los jueves timbró con un vestido para entallar: doce años de arreglos. Maricarmen no abrió. El timbre sonó dos veces y después, silencio.