
La tarde caía como plomo sobre el microcentro porteño. Javier caminaba arrastrando los pies, con el saco al hombro y el nudo de la corbata medio flojo. Llevaba horas frente a la computadora y el cerebro frito de tanto Excel. Todo lo que quería era un cafecito en paz. Se metió en un bar angosto, de esos que parecen sacados de otra época, atrapados entre oficinas y estaciones.
El lugar tenía olor a madera vieja, a café cortado recién hecho y a tiempo detenido. Una radio sonaba bajito con un tango instrumental. En la pared, cuatro relojes redondos marcaban la misma hora: las 16:22. No pasaban los minutos.
Javier (mirando los relojes): ¿Será que…