
La luna apenas se reflejaba en las aguas oscuras del Riachuelo. El motor de la lancha chisporroteaba cada tanto, rompiendo el silencio espeso de la noche. Horacio, con el gorro calado hasta las cejas, controlaba el rumbo. Miguel, a su lado, revisaba las líneas de pesca con más sueño que ganas.
Miguel: Che, ¿y si hoy no pica nada?
Horacio: Paciencia, pibe. Esto no es como pedir una birra en la despensa.