


La luna apenas se reflejaba en las aguas oscuras del Riachuelo. El motor de la lancha chisporroteaba cada tanto, rompiendo el silencio espeso de la noche. Horacio, con el gorro calado hasta las cejas, controlaba el rumbo. Miguel, a su lado, revisaba las líneas de pesca con más sueño que ganas.
Miguel: Che, ¿y si hoy no pica nada?
Horacio: Paciencia, pibe. Esto no es como pedir una birra en la despensa.
Miguel: Igual el río está medio raro. ¿Siempre hace este olor?
Horacio: El Riachuelo siempre fue bravo. Pero cuando se pone así… es mejor no joderlo.
Un viento tibio les pasó por la cara. Miguel sintió como un murmullo, una palabra al oído que no entendió. Se giró rápido, pero solo vio la sombra de un puente oxidado.
Miguel: ¿Escuchaste eso?
Horacio (sin mirarlo): Seguí con las líneas. Y no prestes oído a lo que viene del agua.
Miguel: Vos hablás como si esto fuera una leyenda de pueblo…
Horacio: Y vos hablás como un porteñito recién bajado del colectivo.
El silencio volvió, espeso. Solo el croar de alguna rana y el golpeteo del agua contra el casco. Hasta que la voz volvió. Un susurro, claro esta vez. Llamaba por un nombre: "Horacio. Horacio."
Miguel: ¡Pará, pará! ¡Ahora sí lo escuché!
Horacio (quieto): No contestes.
Miguel: ¿Pero quién fue?
Horacio: Bajá la voz. Y no mires el agua directo.
Miguel se asomó igual. Algo se movía entre la marea espesa, como una figura, algo entre lodo y basura que flotaba y se hundía sin forma clara.
Miguel: ¿Qué es eso?
Horacio: Algo que nunca tendría que haber salido de ahí.
Se acercaron sin querer, arrastrados por la corriente. La lancha giró levemente hacia la orilla. La figura seguía ahí. Alrededor, el agua se agitaba sin viento. Horacio encendió una linterna. Iluminó justo cuando algo se alzó del agua.
Una mano. Negra de barro. Con uñas largas. Sostenía una vieja valija metálica, cubierta de musgo.
Miguel (retrocediendo): ¡Boludo, eso es de verdad!
Horacio: Bajá la voz. Si responde al llamado, estamos en el horno.
Miguel: ¿Qué hacemos?
Horacio: Nada. Dejamos que hable. Y que se hunda otra vez.
La valija cayó al agua con un chapoteo sordo. Pero la mano seguía ahí. Y la voz ahora hablaba más claro. Mencionaba fechas, nombres, números. Miguel temblaba.
Miguel: Eso es un rezo. Un rezo mezclado con amenazas…
Horacio: Es un encargo viejo. Algo que no se cerró.
Miguel: ¿Qué había en esa valija?
Horacio: Lo que no se dice. Lo que queda bajo el lodo. Lo que no figura en ningún legajo.
La figura se fue hundiendo lentamente. El silencio volvió. Las ranas, los grillos, el río… todo otra vez igual. Como si nada hubiera pasado. Miguel se dejó caer en el banco de madera, respirando agitado.
Miguel: Esto es un delirio.
Horacio: Esto es el Riachuelo.
Miguel: ¿Y si vuelve?
Horacio: Volverá. Siempre lo hace. Por eso venimos. No a pescar. A vigilar.
De regreso, la lancha cortaba el agua suave. La silueta del puente se achicaba. Al pasar por debajo, una botella golpeó el costado de la embarcación. Dentro, un papel enrollado.
Miguel (leyendo): "Cuando el río habla, no hay que responder."
Horacio: Ya es tarde. Ya escuchó tu voz.
Esa fue la última noche que Miguel salió a pescar con Horacio. Dicen que cada tanto vuelve solo, a mirar el agua. Y que si uno presta atención, el río todavía susurra su nombre.