
El sol apenas asomaba entre los edificios cuando Mateo bajó del micro en Retiro. Llevaba una valija atada con piolines, el poncho sobre el hombro y una mirada mezcla de susto y fascinación. A su lado, el caballo —Mochito— resoplaba tranquilo, como si nada pudiera inquietarlo. Mateo había llegado desde San Antonio de Areco para buscar un trámite, pero lo que encontró fue otro mundo.
La gente pasaba a su lado sin mirarlo. Bocinas, colectivos, carteles luminosos. Todo era un torbellino de colores y ruidos que lo mareaban.
Mateo: Si esto no es magia, pega en el palo...