
La tarde caía sobre la calle Corrientes con ese aire denso que mezcla olor a pizza, colectivos frenando y hojas volando entre veredas. Andrés caminaba despacio, embobado con las vidrieras de las librerías de saldo. Era su primer viaje a Buenos Aires, y si algo tenía claro, era que quería llevarse un libro que no pudiera encontrar en ningún otro lado.
Entre los carteles de ofertas, encontró una puertita angosta con un cartel escrito a mano: “Libros con alma”. Entró. Una campanita sonó al abrirse la puerta. Del otro lado, un laberinto de estanterías se extendía como una trampa de papel.
Don Jacinto: Buscás algo en especial, che.