
La noche caía pesada sobre el barrio de Almagro, con sus luces tenues y veredas partidas. Leo pedaleaba con el viento en contra, la mochila térmica llena de empanadas calientes colgada de la espalda. Tenía frío, hambre y poco margen para equivocarse. El GPS vibró una vez más y cambió la ruta. Otra vez.
Leo: Dale, no me jodás… esa calle no estaba hace un rato.
Su celular mostraba una dirección imposible. “Pasaje San Fermín 222”. Leo frenó, miró alrededor. Nunca había oído hablar de ese pasaje, y eso que hacía delivery todas las noches por la zona.