
La brisa del Río de la Plata traía consigo olor a sal y eucaliptos. El cielo estaba encapotado, pero eso no le importaba a Julián, que ya tenía el carbón, la parrilla y una sonrisa de oreja a oreja. Como todos los viernes, el grupo se juntaba a tirar carne al fuego, tomar algo y charlar. Esta vez, el punto de encuentro era la Costanera Sur, cerca de los viejos árboles torcidos por el viento.
Julián: ¡Vamos, che! ¿Quién trajo los chorizos?
Carla: Yo traje la provoleta, que no todo en la vida es carne.