


Las luces de la 9 de Julio zumbaban como si tuvieran algo que decir. A esa hora, entre taxis, colectivos y bocinas, pocos reparaban en un chico que se movía como una sombra entre los autos. Ezequiel, con su campera rota y los pies descalzos, caminaba silbando bajito, como si conociera un secreto que nadie más sabía.
Sentado en la escalera de un kiosco cerrado, lo observaba Martín, periodista de un medio digital que nadie leía, pero que él insistía en salvar con una buena nota. Llevaba días siguiendo a ese pibe, intrigado por los rumores de que subía cada noche al obelisco sin que nadie lo viera.
Martín: Che, vos. ¿es verdad que te trepás al obelisco?
Ezequiel (sin dejar de mirar al cielo): No me trepo. Lo subo. Es distinto.
Martín: ¿Y cómo hacés?
Ezequiel: Con destreza, maestro. Y con algo que no se aprende: escuchar a la ciudad.
Esa respuesta lo dejó sin palabras. Ezequiel se levantó y empezó a caminar. Martín lo siguió sin pensarlo. Dobló por una calle lateral y se metió por una ochava desierta, donde el ruido de los autos parecía apagarse. Había algo raro en ese silencio, algo espeso.
Martín: ¿Siempre entrás por acá?
Ezequiel: Depende de la noche. Hoy me late que sí.
El chico se deslizó por una reja apenas abierta y luego trepó por una estructura metálica sin esfuerzo. Martín dudó, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo. Lo siguió. Desde adentro, la ciudad parecía otra. Subieron por un pasillo olvidado, entre grafitis, ladrillos húmedos y el eco de Buenos Aires dormida.
Martín: Esto no puede estar acá. ¿Qué es este lugar?
Ezequiel: Es la panza del obelisco. No todos la conocen. Algunos la sienten.
De pronto, una figura blanca cruzó veloz por el pasillo. Martín se detuvo en seco.
Martín: ¿Qué fue eso?
Ezequiel (en voz baja): No la mires fijo. Es la Dama de Blanco. A veces aparece cuando hay intrusos.
Martín sintió un estremecimiento que le recorrió la espalda. Pero Ezequiel seguía adelante, como si esa aparición no le importara.
Después de varios tramos de escalera, llegaron a una compuerta de metal. El chico la empujó con fuerza y de repente… estaban adentro del obelisco. La vista era imposible: desde los ventanales internos, la ciudad brillaba en silencio, como si los esperara.
Ezequiel: Hay secretos que no están hechos para que los cuenten los diarios.
Martín: ¿Y por qué me dejaste venir?
Ezequiel: Porque hoy la ciudad quiere ser escuchada. Y vos, por fin, dejaste de hablar.
La bruma que entraba por las rendijas se mezclaba con un perfume antiguo, a piedra mojada y tinta vieja. Martín sacó su grabador, pero no lo encendió. Algo le decía que era mejor guardar el momento solo en la memoria.
Esa noche no se publicó ninguna nota. Solo quedó el recuerdo, la sensación de haber tocado algo que no debía. Y el eco de una voz callejera que aún suena entre las esquinas más silenciosas de la ciudad.
Ezequiel (desde la altura): Che, periodista… bajá con cuidado. Buenos Aires no perdona a los distraídos.