
La luna brillaba con una intensidad particular sobre la Plaza San Martín. El reloj marcaba las once de la noche y la ciudad ya empezaba a calmar su ritmo. Nicolás, con su mochila al hombro y el abrigo cerrado hasta el cuello, se sentó en un banco de hierro, justo frente a la glorieta. A los pocos minutos, una mujer con cuaderno en mano se le acercó, dudando si sentarse o no.
Nicolás: Está libre. No muerdo… salvo que me falten al respeto
Valeria (sonriendo): ¿Siempre tan chamuyero?