
El viento helado bajaba desde los cerros como un susurro constante. Ramiro, con el cuerpo cansado y la mochila al hombro, llegó al corazón del pueblo: una plaza solitaria, con bancos despintados y álamos que parecían dormidos. Era uno de esos días patagónicos en los que el tiempo se detenía. Se sentó al sol, cerró los ojos y se dejó llevar por el silencio. Solo pensaba dormir un rato. Pero cuando despertó, el mundo ya no era el mismo.
Ramiro: Qué raro…
Se levantó y miró alrededor. El cielo seguía despejado, pero no se escuchaban voces, ni autos, ni siquiera el ladrido de un perro. Caminó por la calle principal. Los negocios estaban cerrados,…