
El último tren del subte B había pasado hacía rato, pero la estación Callao seguía viva con susurros que parecían venir de las paredes. Germán revisó su reloj. Eran las 2:37 de la madrugada. La misma hora en la que, según los rumores, alguien —o algo— aparecía en el andén vacío.
Limpiándose las manos en el pantalón, Germán miró a su compañero, Luis, que se apoyaba contra una columna con los brazos cruzados y una expresión de fastidio.
Luis: ¿Otra vez con esto, Germán? Me tenés cansado con el cuentito del fantasma.