
La cancha de tierra del barrio estaba reseca, con parches de pasto que resistían como podían y un arco que apenas se sostenía con alambre oxidado. Eran las cinco de la tarde de un sábado y el sol pegaba fuerte, pero a nadie le importaba. Hoy se jugaba más que un simple picado. Mariano ataba sus botines con fuerza, mientras observaba cómo llegaban los pibes al borde del potrero.
Mariano: Dale, que ya es hora. El que llega tarde arranca en el banco.
Bruno: Pará, loco. No seas tan ortiva.