
El aroma a ajo y perejil flotaba en el aire mientras las cacerolas chisporroteaban con aceite caliente. Era la tarde perfecta en el barrio: un cielo despejado, vecinos chusmeando desde las veredas y una rivalidad culinaria que estaba por definirse. Lucas se secó las manos en el delantal y miró de reojo a su contrincante: El Tano, un viejo de pocas pulgas que manejaba la sartén como si fuera un tesoro de familia.
Lucas: Bueno, Tano, espero que no te duela perder.
El Tano: Pibe, yo hacía milanesas cuando vos todavía tomabas la mamadera.