
El kiosco de la esquina de siempre, ese que nunca cerraba, ese que tenía las golosinas más baratas y el café aguado en vaso de telgopor, ahora estaba vacío. Mateo miró la persiana baja con desconcierto. Nunca lo había visto cerrado, ni siquiera los feriados. Pero lo que más lo inquietaba era otra cosa: Carla ya no estaba.
Se pasó una mano por la nuca, incómodo. La noche anterior había pasado por ahí a comprar cigarrillos y charlar un rato con ella. Como siempre, Carla lo atendió con una sonrisa y le tiró algún comentario ingenioso que lo hizo reír. Y ahora, de repente, el kiosco estaba abandonado.
Mateo: Qué raro…