
La lluvia caía con furia sobre las calles empedradas de San Telmo. Los relámpagos iluminaban los balcones de hierro forjado y los faroles antiguos titilaban con cada trueno. Lucía corrió por la vereda resbaladiza, su vestido empapado pegándose a sus piernas. A pocos metros, un hombre con una guitarra a la espalda también buscaba refugio. Ambos llegaron al mismo tiempo a la puerta de un café viejo, de esos que parecen detenidos en el tiempo.
Antonio: Pasen, pasen, que esta tormenta no es de las que pasan rápido.
Raúl sacudió su cabello mojado y apoyó su guitarra contra la pared. Lucía, aún temblando, miró a su alrededor: el lugar tenía mesas de…